
Cuando uno habla de defensas colombianos, siempre aparece el mismo nombre, casi como si estuviera tatuado en la memoria colectiva del fútbol criollo: Mario Alberto Yepes. Y no es carreta, ni nostalgia barata, ni romanticismo millennial. Es porque el tipo se volvió mito antes de retirarse.
Pero venga, no nos adelantemos. Esta historia arranca suave, como quien calibra la pierna antes de meter un pase filtrado… y termina arriba, bien arriba, donde solo llegan los que dejan legado. ⚡️
Desde muy pelado, Yepes ya era distinto. No era el defensor tronco que despeja sin mirar, ni el típico central que confía en la fuerza bruta. No. Mario era una mezcla rara: fuerza sí, pero con clase; rigor, pero con inteligencia; liderazgo, pero con humildad. Y tal vez por eso fue que su carrera terminó extendiéndose casi a los 40 años como si el tiempo, simplemente, le hiciera venia. ⏳

Lo curioso es que su historia no arranca en Europa, ni en glamour, ni en estadios gigantes. Arranca en Jamundí, Valle del Cauca, con un pelado flaco que jugaba de delantero. Sí, delantero. Muchos no lo recuerdan, pero Yepes arrancó metiendo goles, no evitándolos. Tal vez por eso, cuando más adelante lo tiraron para atrás, supo leer mejor a los rivales. Quien alguna vez fue atacante, siempre sabrá anticipar al atacante. Ahí, sin querer, nació un monstruo.
De a poco, lo que era una promesa se volvió un nombre repetido en todos los camerinos: Yepes es distinto, decían. El Deportivo Cali lo pulió, lo lanzó, lo hizo capitán sin armar mayor escándalo. Y después llegó el salto a Francia: primero Nantes, luego Paris Saint-Germain, donde ya se empezó a notar esa aura de caudillo que más tarde lo acompañaría en todas partes.
Para ese momento, Mario ya no solo defendía: enseñaba a defender. Era el típico jugador que llega a un equipo y a los dos meses está ordenando la línea, corrigiendo compañeros, levantando el ánimo y metiendo respeto con solo levantar la ceja. Esa vaina no se compra; se nace con ella.
Pero como toda buena historia, siempre hay un punto de quiebre. Ese momento donde el personaje deja de ser bueno para convertirse en inmortal. Y para Yepes, ese instante llegó en la Selección Colombia.
Sí, parcero: aquí es donde la historia empieza a hervir. 🔥
Porque Mario no solo fue capitán: fue EL capitán. El que agarró a una selección llena de talento, pero con un pasado reciente de fracasos, y la transformó en un grupo que se creyó el cuento. Yepes hablaba, ordenaba, reprendía y abrazaba. Era papá, hermano, profesor, muro y psicólogo a la vez. Y todo eso se vio reflejado en el camino a Brasil 2014.
Llegó el Mundial y Mario, con 38 años, decidió jugarlo como si fuera el primero, como si fuera pelado otra vez, como si le hubieran dicho que ese torneo definía su legado. Y casi que sí.
¿Quién carajos rinde a esa edad en una Copa del Mundo siendo defensa titular? Muy pocos en la historia. Pero Yepes lo hizo ver sencillo.

El punto cumbre, el momento donde uno dice “no joda, este man está hecho de algo distinto”, fue el partido contra Brasil en cuartos de final. Ese día, Mario no solo defendió: se convirtió en un muro espiritual. No perdió un duelo, no se dejó intimidar, no bajó la cabeza ante Neymar, ante Hulk, ante el ruido, ante la presión. Era casi místico ver cómo se multiplicaba. Parecía que Colombia jugaba con tres Yepes.
Y, parce, hablemos del gol que le anulan. Ese grito que nos quedó atorado a todos. Ese cabezazo que se metía al ángulo y que habría cambiado la historia. El estadio en silencio un segundo… y luego el juez decide lo impensado.
El mundo entero sabía que ese gol era legítimo. Pero así es el fútbol: injusto, hermoso, salvaje. Y ahí quedó la imagen: Mario celebrando, Mario creyendo, Mario comandando incluso cuando la vida le dice “no”.
Pero más allá de esa jugada, lo que quedó fue el liderazgo. El respeto. La figura del capitán que llevó a Colombia a sus primeros cuartos de final de un Mundial. El tipo que, sin ser el más rápido ni el más mediático, se volvió eterno a punta de constancia, carácter y corazón.
Cuando terminó el torneo, los medios internacionales hablaron maravillas. En Francia lo recordaban con cariño; en Italia —donde se puso la 3 del AC Milan— lo respetaban como a un veterano sabio; en Argentina, donde fue campeón con River Plate, siempre lo vieron como un defensor de esos que ya casi no existen: los que mandan, pero sin gritar; los que enseñan, pero sin presumir.

Y aquí estamos, años después, recordándolo no solo como un buen defensa, sino como el mejor defensa colombiano de la historia. No por moda, no por narrativa, no por romanticismos: por hechos. Por cómo jugaba. Por dónde jugaba. Por lo que representó. Por cómo nos hizo sentir.
Yepes fue ese capitán que se gana el brazalete sin pedirlo y lo devuelve sin perderlo.
Hoy, si uno mira hacia atrás, no sorprende que le digan “El Eterno Capitán”. Porque eso fue.
Y eso seguirá siendo.
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